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No oigo bien desde hace varios días por un problema en mi canal auditivo. Mientras la medicación hace efecto, converso como los caníbales. Me acerco a la gente achicando los ojos, como si quisiera desprenderles las palabras de la boca. Me hablan exagerando los gestos, amenazantes, pero comprensivos. 

La peor parte de no escuchar bien es que no hay silencio. Los sonidos de afuera se diluyen mientras los internos se intensifican. Por eso la gente sale loca de las cámaras anecoicas. Escuchar el corazón propio palpitar a la altura del oído izquierdo no es trascendental, es angustiante. 

Oigo el crujir de cada diente al masticar. Si me paso la uñas suave suave sobre la cara, escucho el rasguido de las escamas desprendiéndose de la piel. Respirar profundo es una ola que se precipita sobre la orilla. Pero ducharse es lo más satisfactorio: soy el techo de zinc del corredor de la casa de mi tía Emma, en una noche de mayo.

Aunque me quede quieta quieta el ruido no cesa. Sigue allí, más concreto que Dios. No lo puedo tocar pero su palabra está viva. Me dice: el ruido eres tú. Es un existencialista. 

Esa obviedad que pretende ser profunda es una trampa. El ruido soy yo, claro, el cuerpo es una máquina de frecuencias contenidas en una vasija demasiado frágil. Suenan los pensamientos, los recuerdos, la imaginación, el flujo sanguíneo. Pero el ruido también son los otros. 

El chavismo, por ejemplo, suena al quejido de un viejo maldito después de abusar de una niña. La distancia suena a migajas de pan cayendo sobre el asfalto, mi mamá es un ala rota que revolotea cerca de la luz y mis amigas son crujidos de arena, huellas en esa playa que respiro.

Me urge recuperar el sentido del oído para trazar todos los límites, como un murciélago que vuelve a la cueva desde el exterior. Allí donde el sonido rebota hay una forma por reconocer. Además, necesito dejar de escucharme, este eco interior es demasiada información.

Hablo, y leo que la gente dice qué qué. He gritado, pero todo el sonido se me ha quedado adentro. Ellos tampoco pueden oír. Los he dejado sordos de mí. Ahora somos mutuamente inmunes.

Photo by Ameen Fahmy on Unsplash