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La idea de subir a la laguna fue de Michael. Había leído sobre ese camino en un blog de viajes y quería hacer fotos en lo alto de la cordillera de La Viuda, a 4 mil metros sobre el nivel del mar, pasando el pueblo de Canta. Para llegar, debíamos bordear el cerro que separa a Lima de la sierra y empezar a ascender por una carretera asfaltada pero estrecha que permanecía desierta casi todo el año.

Las empresas de turismo habían dejado de llevar a los japoneses a la laguna después del último invierno del glaciar. Los latinos jamás hubieran elegido visitar un lugar así, pero los gringos seguían viniendo. Tenían una fascinación por el pueblo fantasma que servía de puerta a la montaña, a pesar de que sólo había perros flacos y mujeres ancianas con sombreros de paja que barrían la calle de abajo hacia arriba.

Organizamos la excursión sin demasiado cuidado. Saldríamos de Miraflores apenas se hiciera de día para completar el camino asfaltado antes del almuerzo. Entonces tendríamos que subir una cuesta de tierra más bien leve que se volvía pesada por la altura, comer algo en la cima, fumar un poco de hierba y regresar.

Los muchachos habían llevado hojas de coca y me enseñaron a usarlas en el borde interior de la mejilla. “No las muerdas, ni las mastiques, ni las chupes”, advirtieron. Había solo que dejarlas allí, liberando su sabor al contacto con la piel y la saliva. Al rato de probarlas me empecé a sentir mejor. A mitad de camino la altura empieza a pegar y todo se pone un poco raro. La cabeza se infla como un globo, los oídos zumban un pitido leve pero persistente y es más difícil manejar el cuerpo que se vuelve grávido y lento, como si hubieras subido desde el centro de la tierra y te cayera encima el peso de las cosas.

Era la primera vez que viajaba al norte de Lima y deseaba ver algo más que un montón de piedras grises apiladas en esas formaciones montañosas que rodean la ciudad.

Cada cierto tiempo bajábamos del bus para estirar las piernas y comprobar cómo íbamos con la altitud. Claire era la más entusiasta. Su cuerpo de atleta olímpica había cedido a algunos excesos punks, pero su capacidad pulmonar de deportista élite seguía intacta. Sabía cómo pelear por el poco oxígeno que había arriba y ganar. Cuando me paraba cerca de ella me daba la impresión de que había menos aire disponible, pero supongo que eran ideas mías.

Claire y yo nos hicimos amigas el primer día que llegué a la oficina. Yo venía de trabajar en un ambiente muy tenso, estaba nerviosa por mi inglés caraqueño del CVA, pero la idea de trabajar con personas de todo el mundo en Perú, de alguna forma, me hacía sentir más segura. Mi mesa era la de los expats: un gringo, un francés, una ucraniana, un brasileño y Claire que era británica. Parecía el comienzo de un chiste de extranjeros que entran en un bar. Fue lo primero que pensé cuando los vi, pero no se los dije. En cambio, dije “Hi”. Todos respondieron en español, incluso Claire que solo sabía decir “hola”, “exacto”, “gracias”, “por favor” e “iglesia”. Antes del almuerzo me preguntó si tenía cutleries. Tuvo que repetir la palabra tres veces, cada vez más lento. Me sentí estúpida, pero ella sonrió.

A medida que ascendíamos, el paisaje se iba haciendo más lunar. Al salir de la ciudad pasamos por unos sembradíos muy verdes apenas separados entre sí por unas verjas. Me recordaron a la Autopista Regional del Centro que conectaba a Caracas con los Llanos Centrales, con sus cientos de kilómetros de hileras frondosas ahora verticales, ahora horizontales, cruzadas por canales de riego. Me gustaba sentarme en el asiento trasero del Chevy Nova de mi papá a ver pasar el camino, mientras él manejaba con los vidrios abajo y el brazo derecho sosteniendo el borde de su ventana como si la puerta se fuera a caer. Veía los patrones de tierra cultivada, ese inmenso edredón hecho de retazos aleatorios que se extendía hasta la falda de la montaña donde casi siempre había un caserío pequeño para los campesinos, sus mujeres y sus hijos. Antes de la debacle económica esas montañas eran lugares prósperos y seguros. Ahora allí no había nada.

Al pasar los cultivos, más allá de Carabayllo, llegó la neblina. Mientras el bus bajaba la marcha, Michael nos contó la historia del mito fundacional de la laguna. La leyenda decía que, en el principio del tiempo, Pachacamac y Pachamama engendraron a los gemelos Willka que tenían las formas del sol y de la luna. Poco después Pachacamac murió ahogado en el mar de Lurín y Pachamama, recién viuda, emprendió un viaje con sus hijos hasta el río Cullhuay en las montañas de Canta, donde estábamos ahora. El dios maligno Wakon trató de seducir a la diosa pero, al fallar, decidió tragársela e ir tras sus hijos que bebían de un manantial a poca distancia. Al percatarse de la ausencia de su madre, los gemelos le tendieron una trampa a Wakon y, con ayuda de un zorro, lo hicieron tropezar con una piedra. Su caída sobre la laguna Chuchun creó un gran terremoto que formó la cordillera dejando libre a la diosa quien, desde entonces, custodia estas montañas como un manto blanco de niebla. Al menos esta fue la versión que nos contó, no he escuchado otra demasiado distinta.

Cuando bajamos del bus para empezar a subir la cuesta vimos las apachetas, unas torrecitas de piedras montadas una sobre otras a manera de ofrenda. Me habían contado que el Camino del Inca en Cusco estaba lleno de apachetas, vestigios de la vieja costumbre de los caminantes de dejarlas detrás de sí, como marcas identitarias en el camino, yo estuve aquí u ofrendas a la tierra y a las montañas para que los protegieran en su trayectoria.

Mientras nos acercábamos a pie a la laguna, las apachetas se volvían cada vez más elaboradas. Ya no se trataba solo de piedras puestas unas sobre otras de cualquier manera, sino de pequeños edificios sostenidos por la fragilidad del equilibrio entre la tierra, el espacio y la voluntad del constructor. Diego se acercó a una para tocarla y todos le gritamos que no. Se decía que quitar una piedra de una apacheta era igual a profanar un templo. Nunca fui demasiado creyente, pero no quería correr ningún riesgo de que la tierra se abriera y la laguna nos tragara de a uno. Se me había instalado esa imagen en la cabeza desde que vi la foto de la laguna en el blog de viajes que Michael nos mostró. Se suponía que debíamos diferenciar siete colores en el agua, pero lo que vi fue la forma del cráter donde se incrustaba la laguna como un tercer ojo en medio de una cara vacía. En el Caribe, quizá por familiar, la naturaleza era más sencilla, un poco de tierra caliente y un mar tibio en el que te podías ver los pies. La sierra peruana, en cambio, era una especie de evangelio según las rocas. Cualquier rumi podía ser un trozo de civilización antigua con años de historia o una masa gris, dura, cuya aspiración más noble era aplastar ajíes en el mesón de una cocina. Who knows? Me dijo Claire cuando le hablé de los dilemas vocacionales de las piedras. Luego, muy a su estilo, me preguntó qué tipo de rumi sería yo. Su juego favorito para pasar las horas muertas en la oficina era would you rather?

  Would you rather be a cup of yoghurt or a glass of milk?

Siempre trataba de escoger la opción más descabellada para seguir la conversación y reírnos un rato, pero esta vez solo dije que yo no podía ser un rumi. No preguntó por qué pero creo que lo entendió.

Finalmente, en la cima, llegamos al borde del cráter. No sentí ninguna fuerza magnética jalándome desde el interior del ojo de agua ni nada especial. Podría decirse que no era entonces, ni soy ahora, una persona escéptica, pero las experiencias sobrenaturales no se me dan bien, tampoco las revelaciones místicas. Por eso me sentí un poco ridícula cuando empezamos a apilar piedras en nuestra propia apacheta. No fue planificado, como esas dinámicas de integración grupal que la empresa había contratado a finales del año anterior para que formáramos vínculos entre nosotros dejándonos caer hacia atrás en los brazos de otros en un supuesto ejercicio de confianza que solo había logrado doblarnos de la risa.

Todos empezamos a vagar en distintas direcciones alrededor de la ribera de la laguna, yendo despacio para no despertar la resaca de la altura, tomando fotos de las pocas cabras que pastaban o echándonos en la tierra con la cara hacia arriba para ver el viento. Los chicos encendieron la hierba pero no quise fumar, en cambio empecé a caminar para recoger algunas piedras sin intención de llevármelas a casa. Tomé una entre las manos, era redonda y achatada en los polos como una versión porosa en miniatura de un planeta sin agua y la puse sobre dos piedras planas que Claire había encontrado en un extremo del cráter, estaban allí, una sobre otra, como si alguien hubiera empezado el ritual pero se hubiera arrepentido a mitad de camino. Luego puso una piedra pequeña y ligeramente brillante sobre la mía y ya estuvo. Una ofrenda. Algo sagrado. Nos quedamos mirándola sin ánimo sacramental, no dijimos nada y volvimos con el grupo para empezar el descenso. De regreso en el bus volví a pensar en la piedra porosa, en su vocación de bisagra. Me recosté del hombro de Claire y me quedé dormida.